La simple palabra se antoja acuosa, como esponja de vinagre. Al hombre se le programa para no perder, para vitorear a Aquiles en los juegos de la espera aquea.
Pero nacemos perdiendo, el éxito, el ganar, son en realidad concesiones a esa condición que, maldecida y vituperiada, nos cobija y es el motor de pasiones, de intentos juveniles sin tiempo, de cruzadas tan inútiles como poéticas.
El perder es nuestro juego eterno, la pérdida nuestra amante, musa y profeta... lo perdido, nuestra única identidad.
Con los años el vinagre de la palabra se seca y concilia en cada hombre.
Se pierde pero también se gana, ¿cómo comprender el precio de la gloria y del triunfo, cuando se desconoce el sabor de la derrota? Todo es un juego dialéctico
El hombre vive en un mundo de mitos cautivantes, en donde la figura del héroe establece la máxima representación de poder. Por un lado se aspira a alcanzar la gloria de aquél sin embargo es un actuar ilusorio, pues el hombre que se gesta dentro de las plataformas sociales se le entrena para perder, no podrá nunca alcanzar el poder del héroe sin embargo lo vivirá por medio de la aspiración. Así el pueblo griego veía en Aquiles lo que ellos no podían ser pero se contentaban con el mito ilusorio. Al hombre se le entrena para ser siempre un perdedor pues la gloria, bien lo sabemos todos, es para pocos. En alusión a Homero podemos hablar del otro gran héroe, Odiseo, el hombre de la astucia. Recordando el canto de las sirenas, Odiseo les pide a los remeros que cubran sus oídos con cera para no escuchar ese bello canto que les puede incendiar las pasiones y hacer perder la cordura, en cambio él se ata al mástil pero no cubre sus oídos. Los remeros pueden representar al pueblo que recibe órdenes, que ha nacido para obedecer y si el que obedece es siervo de un amo, entonces el pueblo, las masas y la plebe necesitan ser esclavos para subsistir. Odiseo, que es guía, muestra un sacrificio al ligarse al barco que lo colinda con los siervos, sin embargo, es el único que puede escuchar el canto de las sirenas, su sacrificio es placentero mientras el del pueblo es trabajo sin placer; obedecer a cambio de la supervivencia. Nacemos dentro de un mundo ya hecho, nos enfrentamos a sus estructuras y nos hemos de acoplar a ellas, morir viejos y conformes. Los doctos vituperan la pasión ya que ellos se han marchitado; la uva del vino ha fermentado haciendo su vino añejo más excelso, sin embargo son incapaces de beberlo a grandes tragos pues viven en raciones pequeñas como la finitud de su existencia. El espíritu rebelde, aquél que su poderío quiere dejar de ser tributo a los amos habrá de enfrentarse a las viejas estructuras, y es que sólo la pasión transfiguradota habrá de lograrlo, no sólo como bestia descarriada sino también con una inteligencia superior alimentada de un vino que podría matar a un viejo al beberlo. Hay que diferenciar entre el nacer perdido y el nacer perdiendo, que los mitos hablen, que el mito imperante hable. Sí el cantante es un hombre cano, el héroe siempre será un joven lozano, al cual el poeta siempre aspiró a ser porque tal vez lo fue o nunca lo será.
Normalmente no sabemos cuándo hemos perdido. No vivimos la pérdida cuando esta se produce, sino como temor antes de que sobrevenga o como nostalgia cuando por casualidad, ordinariamente por culpa de algún detalle insignificante, la advertimos.
En el jugo de ganar o perder, el hombre sensato y práctico debe alejarse de lo que se entiende por "victoria pírrica". Con bastante frecuencia se pierde creyendo ganar y viceversa, en un contexto dinàmico.
En el otro sesgo que se ha estado dando al topic, las pérdidas son inevitables y el aprender a convivir con ellas es una capacidad existencial.
Perder ,dejar de ver lo que quieres tener,es un sentimiento que desaperece, que se transforma , una persona que no esta ya, la cosa ausente y que nos mueve a seguir tratando de conseguir o de volver a presenciar aunque sea en abstracto, es la sensaciòn de vacio que se quiere llenar y es la que en ocasiones nos motiva a seguir y seguir hasta encontrar.