Como a esos guijarros de rio, tersos y sin filo, a una mujer se le comienza amando por los siglos indomables que al igual que salvajes corrientes dieron forma a todo los que esconde en su esencia.
Su imagen, enigma engañoso, no es sino la puerta labrada a esos milenios de evolución que guarda con gracia, a veces con despreocupación e ingenuidad, la mitocondria madre de la que surgió la vida, la inteligencia, los ciclos y los renacimientos.
La mujer, ciclo eterno, es, aún en la inexperiencia, demasiado sabia para nuestro mundo de algoritmos y dobles fondos. Se deja engañar por Don Juan, añora utopías de felices desenlaces, emprende sin miedo, aún en su representación más oscura y negativa, la cruzada para conservar todo cuanto existe.
El eterno femenino obsequia a cada una, un pequeño saquito de especias, que espolvorean en momentos clave para salvar familias, reinos y naciones.
La mujer barre con paciencia los escombros de las barbaries emprendidas por los hombres. Los mira matarse e iniciar cruzadas ególatras, las sufre con ellos, pero al mismo tiempo nutre a los niños como símbolo de esperanza, guarda sus dientes de leche y crea collares como quien teje un eslabón para el futuro.
Amar a una mujer es tarea sencilla para quien ama el olor de la tierra mojada por lluvia, para quien sabe reconocer la ancestralidad latente en la piel más joven o marchita. Amar a una mujer es buscar ese faro que desde Itaca llama a todos los Ulises, náufragos de furiosos mares.
Pocos hombres aman con la vehemencia de tu poesia, pocos sienten en el pecho el borboteo de un corazón, excitado de amor, son mas lo que lo sienten con el fuego de la pasión. Amar a una mujer aún con nuestras facetas de celos, locura y debilidad, se vuelve efímero, pocos sienten nuestra fuerza, la pureza de un vientre con tendencia procreadora, las lagrimas mas tiernas a veces son ignoradas. que bellas palabras, me parecen eternas en una noche clara.